2. Cervera de Pisuerga - Pejanda (29 junio). Puerto de Piedrasluengas (1.355 m)

Ficha técnica: 40,8 Km – 2 horas y 21’ de pedaleo. 460 m de desnivel.

Desayunamos en el hotel de Cervera. La temprana salida hace que el señor del hotel abra para nosotros a propósito, a las 7.30 h. El desayuno es continental (zumo de naranja, café, y tostada o bollería), no para darse un gran banquete, pero quedamos contentos.

La ruta de hoy empieza con un puertecillo suave. Pasamos la iglesia románica de San Salvador de Cantamuda.



Pedaleamos bajo el calabobos con los chubasqueros mientras subimos el puerto de Piedrasluengas (1.329 m). Coronamos y durante la larga bajada acabamos calados como buenos bobos. Acabamos mojados y con frío por toda el agua que van salpicando las ruedas de las bicis. Realmente no llueve mucho, pero nuestros cuerpos van recogiendo mucha agua al descender a toda velocidad. Estaba previsto hacer hoy una ruta más larga, pero, dadas las circunstancias, nos dirigimos directamente a Pejanda, un pequeño caserío del municipio de Polaciones, ya en tierras cántabras, en el Valle del Nansa. De otra aldea del mismo municipio, Salceda, es natural el que ha sido presidente de Cantabria mucho tiempo, Miguel Ángel Revilla.



En vista del panorama lluvioso, paramos a mediodía en el que iba a ser nuestro alojamiento  en Casa Molleda, Pejanda. Es un hotel familiar donde nos tratan muy bien. La ducha caliente, el cocido montañés y el guiso de cordero nos dan la vida. Siesta y lectura. El bar del hotel está profusamente adornado con rabeles y utensilios de la vida tradicional montañesa.


Nos sorprende la historia de una foto que según nos explica la propietaria, es del anuncio de Mahou que se rodó aquí en 2017, el de los 6.000 botellines. Protagonizado 
por el grupo rockero Los desleales y un concierto cuyo pago era en especie.



Aprovechamos la tarde para hacer un paseo a pie hasta el vecino pueblecito de Belmonte, a unos 2 Km por un camino muy empinado bajo un tupido hayedo. Un perro nos sale al encuentro, llega su dueño en coche y nos dice alguna cosa, intuimos que se ha pasado con las copas.



Regresamos a Pejanda, donde una cena en el hotel nos reconforta. Después tertulia en el saloncito con sofás y chimenea, al amor de la lumbre, mientras se secan las zapatillas y ropa tendida junto al fuego. Leemos en voz alta el libro de los "1001 lugares que hay que visitar antes de morir". Todavía quedan muchos por recorrer, sin embargo, Pejanda no está en el listado.



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